integral que incluye, estudiantes, profesores, egresados, empleados,
directivos (Martínez et al., 2020), infraestructura, programas académicos,
investigación y proyección social. Así la calidad en la educación superior
resulta un concepto pluridimensional, articula todos los procesos
universitarios (Orozco et al., 2020) con el compromiso de los actores
involucrados en dichos procesos (Martínez et al., 2020) y debe ser el eje
central de su accionar con el fin de mejorar la calidad en los servicios de forma
sistémica e integral (Fontalvo y De la Hoz citados por Fontalvo et al., 2020)
que estaría asegurada a través de los procesos de evaluación y acreditación
(Guerra y Leite, 2019), con una valoración periódica del cumplimiento de los
estándares de calidad y la verificación de que las acciones inherentes a dicho
proceso sean constantes, eficaces y pertinentes (Zúñiga-Arrieta y Camacho-
Calvo, 2021) de tal manera que la institución destaque por tener calidad en
los programas y en el desarrollo organizacional (Martínez et al., 2020).
Una educación superior de calidad está enmarcada dentro de la docencia,
investigación y extensión; con la investigación se construye saberes, se
genera nuevos y significativos conocimientos (Escobar et al., 2021) se
generan nuevas tecnologías e innovaciones para la aplicación en el campo
profesional, trae consigo la transformación, crecimiento y desarrollo de las
sociedades. Bajo esta perspectiva, una enseñanza de calidad está en la
búsqueda de que los estudiantes logren un pensamiento crítico, sean creativos
y autónomos, con docentes con amplio dominio temático, didáctico y
científico, que utilice apropiadamente los recursos tecnológicos y los esté
innovando continuamente, y como especialista en investigación deberá
proporcionar nueva información a fin de solucionar la problemática de la
sociedad, quien demanda oportunas y efectivas atenciones (Montenegro,
2020), pero muchas veces no se evidencia esa influencia de los resultados de